
Mario
Giacoya
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Mario Giacoya: Una mirada pura.
Aunque una primera impresión puede conducir erróneamente a considerar la pintura de Mario Giacoya como “naïf” existen razones suficientes por la sabiduría y la técnica de ejecución que impiden colocarla en esa categoría. Pero es comprensible el error: la sensación de inocencia se apoya en la transparente calidad espiritual de esa pintura que expresa un modo de la contemplación que sugiere la bondad abarcadora, la simpatía esencial que acerca a todo lo viviente.
Giacoya pinta paisajes con una paleta luminosa y vivaz y en ella la figura humana se inscribe como parte del mismo, es casi un signo, reiterado, seriado a veces, con pincelada sintética. La vida es el verdadero interés de esos paisajes y por ello los árboles cuando son protagonistas de una tela se ven poblados de pájaros, numerosos y coloreados, por momentos sugiriendo una floración alada.
En “La Vendimia” un cierto orden geométrico gobernado por las filas del viñedo que se orientan en las líneas de fuga de la perspectiva, incluyen a los vendimiadores que son, una vez más, parte del paisaje, contra todo protagonismo, la presencia humana se integra, casi diríamos se disuelve en esta comunión profunda con la naturaleza. Así en “La llegada” los ciclistas vistos desde un ángulo inesperado, desde lo alto, son como elementos uniformes, identificados solamente por el color que cambia, resueltos en un ritmo de formas abstractas que sustrae la figura humana, convirtiéndola en signo.
“La cosecha” impacta al que la contempla por la economía de medios que, contra todo cálculo, vuelve a lograr que el entorno y los trabajadores sean una sola cosa: sencillez que se puede medir en la representación de los carros, prácticamente iguales, orientados hacia la izquierda o hacia la derecha de la tela o en la posición del caballo como únicos datos que los diferencian a uno de otro.
El sentimiento que estos paisajes despiertan es el de la paz, no hay tempestad ni clima adverso. El mundo que recrea Giacoya es sereno, hospitalario, acogedor. Un clima arcádico, de bienestar profundo, que es una armonía donde la bondad reina se desprende de las obras de Giacoya. El reino de lo existente no ofrece conflicto en esta recreación espiritual hecha de calma y recogimiento. No es aventurado suponer que detrás de este mundo armonioso, una conciencia superior, Dios o la Divinidad, están ocultos, asegurando el mensaje de amor que se desprende de tanta calma.
La pintura de Giacoya es, desde este punto de vista, un ejercicio de espiritualidad que se sustrae a la exposición plena. Como las flores que el follaje oculta, se oculta pero su presencia ilumina desde adentro este mundo que la mirada del pintor recoge con genuina devoción. Pintar para Giacoya es un acto de amor.
Hugo García Robles
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